La roca de Sísifo. OCTAVA DEL ENSAYO (2 de 7)

LCésar Cano Basaldúa

  1. De otra parte, estoy convencido que escribir ensayo no es algo que se aprenda necesariamente en la escuela. Al contrario: ese establecimiento donde profesores y alumnos se supone trabajan de acuerdo en el aprendizaje de los segundos, es uno de los ámbitos donde la ausencia de la práctica ensayística es asignatura pendiente del sistema educativo mexicano. Es natural esta carencia si pensamos en el fracaso de la escuela como forjadora de lectores: una encuesta al respecto revelaría que un porcentaje muy reducido se ha formado en las aulas. Si preguntamos a los alumnos cuáles son, dentro del universo escolar (y aun fuera de él) las actividades más apetecidas por ellos, encontraremos que muy pocos nombrarán la lectura, y quienes lo hagan, no precisamente la sitúan en un lugar de privilegio. El ensayo como forma de expresión (no sólo como literatura) se encuentra determinado por la pericia en el uso de la lengua, es decir: es la capacidad conferida por la experiencia, por los hechos vividos a través de la práctica del español. Y como dicha experiencia suele ser instrumental e incluso traumática (la lengua se utiliza para comunicar casi siempre lo inmediato en un contexto del cual la hacemos depender para significar y, además, no resulta extraño sucedan al estudiante vivencias de insatisfacción, frustración y dolor mientras la conoce), no es extraño poseamos un promedio más bien pobre de términos y recursos verbales, lo que no sería muy de notar excepto porque se supone la escuela debe dotar a los individuos de otras capacidades respecto de las palabras, con la lectura como vía privilegiada mas también (puede ser) a través de un ejercicio diario que implique en la comunicación verbal o escrita, en la nominación de los objetos y las personas, un esfuerzo de significación o resignificación inteligente por parte de educandos y profesores pero que por igual incluya al personal administrativo y a las autoridades. ¿Parece demasiado? No es demasiado: dentro de una institución fundamental como la escuela resulta inaceptable no seamos capaces de dar a otros oportunidad, mientras nos la damos a nosotros, de desarrollarse en una demarcación humana sustantiva como es la comprensión y la vivacidad de la lengua. Y como todo ello transita por la lectura, el contundente fracaso de los estudiantes en ella es parte del lapidario fracaso de los profesores y de las autoridades todas y del personal educativo en su conjunto. Ante ello, sí se antoja un exceso decir que el ensayo le es propio a quien, en la escuela, lo aprendió como parte de sus estudios.

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