La roca de Sísifo. LOS DERECHOS DEL LECTOR (5 y última)

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César Cano Basaldúa

  1. El derecho a leer en voz alta

Lo que todavía no tiene nombre carece de existencia. Cuando el término persona se asoció al ser de los hombres, inició la vida verdadera no sólo de una idea sino, también, la de una forma de ser en el mundo. El poder de las palabras es tal para los hombres que por ellas nos comprometemos, hacemos una promesa mutua con la realidad: las primeras pueden estar en lugar de la segunda y viceversa: a lo real lo sanciona y válida la lengua.  Anterior a la escritura, la oralidad legitimaba el valer de acciones y personas: al dar su palabra en prenda implicaba el sujeto su existencia misma. Decir en voz alta las cosas era fundamental; no lo era menos leerlas en voz alta. Leer en voz alta equivale a movilizar con las palabras sus significados, hacer tangible un contenido impalpable pero tan real como los cuerpos de este mundo. Leer en voz alta es poner de pie, ante nosotros y los otros, aquello que aguarda apreciable o admirable, eficaz o conmovedor, y que se encuentra recostado en los renglones de un texto. Leer en voz alta es representar con nuestra voz la realidad: quien escuche se hará una idea de cómo ciframos y desciframos lo leído; también nosotros: leemos en voz alta para construir un entendimiento. No debe prohibirse a nadie leer en voz alta, mucho menos en la escuela, porque se impide el desarrollo de las personas,  su autoconocimiento, la exploración de su interioridad. Abrir nuestro ser al mundo puede comenzar por abrir un texto a través de la lectura en voz alta.

  1. El derecho a callarnos

Ni siquiera la muerte tiene potestad sobre la lectura. El terror, la brutalidad y toda forma de sinrazón que se ha ejercido sobre las personas para expulsarlas del género humano, encuentra en la lectura una oposición radical por íntima. De muchos hombres (en este momento recuerdo a los cubanos Reynaldo Arenas y Armando Valladares) la lectura ha sido su escolta fiel y los ha sostenido en los momentos más ásperos y calamitosos de su existencia. Para otros, leer ha significado resolver menudos negocios con la vida, experimentar regocijo, develar secretos, sobrevivir, salvarse y defender a otro, saberse efímero y quebradizo. Es decir: se lee por tantas razones como posibilidades tiene la vida misma. Y nadie puede exigir nada a un lector. Quienes podrían hacerlo, no lo hacen: un amigo, un amor, un mentor, algún astro más guiándonos. Todos tan extraños como las lecturas que nos han determinado. En mi caso, eso afectos van de Josefina, mi mamá, para quien siempre estuvo cerrada la puerta del reino de la escritura y que, sin embargo, me revelo como gozar el enigma de las palabras, hasta mi único maestro en literatura que sólo quiso ser mi amigo: Jesús Aragón. Y esas lecturas van de Función de media noche o Crónica de la poesía mexicana, ambos de José Joaquín Blanco, hasta Quería los pantalones de Lara Cardella, pasando por toda la poesía del grupo de forajidos, los Contemporáneos, hasta los Epigramas de Marco Valerio Marcial y la serena visión del Pequeño tratado de las grandes virtudes de André Comte-Sponville. El diálogo es con muertos y vivientes porque a ellos mis páginas todo les deben.

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